lunes, 28 de diciembre de 2009

DELIRIO XXI - Vuelo


Voló siempre con su alita traslúcida e inquieta. La agitaba en veloz aleteo hasta que un despegar valiente provocaba el levitar. Si los vientos ayudaban el vuelo podía ser dulce, la altura del sueño un respiro de estrella y hasta las lágrimas brotaban en manso río de claro en donde sus pies se podían refrescar luego, después del viaje, frente al fuego o al crepúsculo. Feliz era ella con sus revoloteos esmerados, con su sosiego, con su acostumbrada sombra de niña sola, de mujer partida. Y su alita la llevaba lejos, la traía cerca, le daba amplitudes a sus dedos y la poesía asomaba por sus venas. Era feliz ella partida y sola, y era feliz porque no sabía que se podía no serlo, porque nadie le había enseñado que la felicidad podía ser otra cosa, que podía ser más, que podía ser menos, que podía, incluso, doler. Dolerle intenso. Como duele ahora que su ala se encontró con otra que la impulsa y sus vuelos son occidente en un mar que sabe de tifones y amaneceres claros. Él le da su ala cuando el tiempo parecía obligarla a la sombra acostumbrada, a la utópica felicidad imaginaria.
Él toma su alita y la hace suya. Y felicidad es volar tan alto y duele el miedo de caer de pronto porque con un ala sola es imposible permanecer en las alturas. Duele pero calma y asoma una luz inédita y todo dolor y toda felicidad pasada es acaso un chispa de algo que fue y que pertenecerá a otro tiempo. Porque juntos son un completo. Porque juntos pueden volar hacia todo. Porque juntos irremediablemente, sólo juntos, existen los vuelos verdaderos.
Y no sabe si él también tenía una alita sola –no importa-, sólo sabe que con el ala de él y con la suya ya no importan los futuros ni los imposibles. Sólo existe el hoy de vuelo inmenso, la altura que jamás alcanzaría el uno sin el otro.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

DELIRIO XX - Sueño


Y no sabe si ella existe porque él la sueña o si es él el que vive porque es ella quien lo sueña. Todo es un puzzle que se expande en la mirada de la noche y los ojos abiertos o cerrados son testigos.
Un camino de escalones que no es para subir ni bajar, un camino que los traza por el centro y los une. Y no saben si existen como invento del otro o si los otros son quienes los sueñan y no existen.
Al fin de cuentas dicen que de sueños también se vive. Y ellos viven, de forma extraña, la extraña forma de soñarse.